Inicio

NARRACIONES FELICES

Perdurables, para niños mayores. Son las de CARLOS PERRAULT.
Escritor francés, dedicado además a la cuentística e historia, que nace y fallece en París (1628-1703).

Las narraciones más populares son: “Bella Durmiente,” “Caperucita Roja,” “La Cenicienta,” “Gato con Botas,” “Pulgarcito,” “Piel de Asno,” “Barba Azul.”

CAPERUCITA ROJA

Una linda mañana, la madre de Caperucita Roja la despertó y le dijo que se vistiera pronto y le llevara un tarro de miel, unas tortas de avena y mantequilla a su abuelita, que estaba enferma y guardaba cama.
-- Cuando llegues a la casa -- le dijo su madre -- tira simplemente el cordón, alza el picaporte y entra. Si encuentras a alguien por el camino, diles que no tienes tiempo para hablar ni para haraganear.
- ¡Así lo haré, mamá – prometió Caperucita Roja. --

A los pocos minutos, salía corriendo de la casa y tomaba por un hermoso camino. Poco después, el sendero desembocaba en una pradera tapizada de flores. “Sólo reuniré un ramillete” pensó Caperucita, olvidando la promesa hecha a su madre. No sabía que un lobo la acechaba. Este se le acercó, sonriendo. --¡Linda mañana, Caperucita Roja! Dijo, con aire amable -- ¡Qué bellas flores estás escogiendo!

-- Sí, Señor Lobo -- repuso Caperucita, con una sonrisa radiante -- Son para mi abuela. Vive en la casita que está junto al bosque. Se halla enferma y le llevo el desayuno. Me bastará con tirar del cordón y el picaporte se levantará, y entraré. -- Debes ser una nietecita buenísima -- dijo el Lobo y, después de saludarla cordialmente, se alejó corriendo. El aspecto del lobo era, sin embargo, muy poco agradable cuando acechaba la casita de la abuela.

Finalmente se acercó a la puerta y dio un suave golpecito. –¿Quién está ahí?– preguntó una dulce voz. -- Tu nietecita – dijo el lobo. --¡Entra, entra, niña! – pidió la abuela – Te bastará con tirar del cordón.
El picaporte se levantó y pudo entrar. Apenas lo vio la abuela, profirió un grito de terror pero, como estaba enferma, no pudo huir, y el lobo se la tragó. – Quitándole presurosamente el gorro y la camisa de noche, devoró a la pobre abuela.

Luego, se puso la camisa y el gorro y, metiéndose en la cama, fingió dormir. Por desgracia Caperucita Roja siguió arrancando flores, y ya era muy tarde cuando llegó a la casita. Las persianas estaban cerradas. Bastante inquieta y avergonzada de su desobediencia, llamó a la puerta… -- ¿Quién está ahí? Gritó el lobo, con voz muy débil y chillona. -- ¡Soy yo!, Caperucita Roja! – dijo la niña. -- Entra, entra, niña mía. Tira del cordón, y el picaporte se levantará. Caperucita Roja giró del cordón y el picaporte subió y, abriendo la puerta, la niña escudriñó la habitación en sombras. -- Te he traído un poco de miel, mantequilla y tortas de avena, abuelita. Y muchas lindas flores. Y lo dejó todo sobre la mesa. -- Gracias gracias, niña mía! -- dijo el lobo -- me siento muy, muy enferma. Pero quítate la capa, acuéstate a mi lado. Debes estar muy cansada. -- ¿No quieres que te de el desayuno? -- preguntó Caperucita Roja. -- ¡No! no! ¡Acércate más! ¡Descorre la cortina! Caperucita Roja descorrió la cortina y miró con asombro. -- Pero, abuelita… ¡Qué brazos tan largos tienes! -- Es para abrazarte mejor, mi niña. -- ¡Qué orejas tan largas tienes! -- Es para oírte mejor, mi niña. -- ¡Qué terribles dientes tienes! -- ¡Es para comerte mejor!. En ese momento el lobo saltó de la cama para devorar a la pobre criatura. Cuando vio la gran boca del lobo y sus espantosos colmillos, Caperucita Roja recordó las palabras de advertencia de su madre y su propia desobediencia y empezó a gritar de susto. En ese momento pasaba casualmente por allí un cazador que iba al bosque. Oyó los gritos, penetró en la casita y mató al voraz lobo. Y cuando abrió el cuerpo del animal, salió de allí la abuelita de Caperucita, sana y salva. Todos ellos cenaron muy contentos esa noche, y Caperucita prometió que nunca volvería a desobedecer a su madre.