Por Angel Torres
El final de los partidos de exhibición y el inicio de la temporada en 2010, trae aparejado el recuerdo de un acontecimiento acaecido durante el adiestramiento primaveral en 1924.
Ese año los Cardenales de San Luis estaban dirigidos por Branch Rickey, el hombre que en 1947 estremeció al mundo deportivo, proporcionándole la entrada a Jackie Robinson, quien rompió la barrera racial que hasta ese momento existía en las Grandes Ligas.
En el primer juego de entrenamiento de la Liga de la Toronja en 1924, Rickey se decidió a darle una oportunidad a un joven de quien tenía buenas referencias, pues en su primer año en las Ligas Menores había lucido un horror, pero sin haberse nunca enfrentado a un lanzador de Liga Mayor, ni tan siquiera de Clase Triple A. Su nombre Stan Smith.
Sin embargo al novato se le habían subido los humos a la cabeza y consideraba que todos los lanzadores eran sus primos. Inclusive miró casi con desprecio a la estrella del equipo, el inmortal Roger Hornsby, quien llevaba cuatro campeonatos de bateo seguidos y que el año anterior había impuesto un nuevo récord para un segunda base al conectar 42 jonrones.
Por los Rojos de Cincinnati, que eran sus rivales, inició el desafío nada menos que Eppa Rixey, elegido en 1963 al Salón de la Fama del Béisbol en Cooperstown y que había ganado 22 juegos para los Filis de Filadelfia en 1916, 25 para el Querido Cinci en 1922 y 20 el año anterior. Desde luego que Rixey solamente lanzó a media máquina por tratarse de un encuentro de exhibición y el debutante le pegó tres hits.
El timonero de los Rojos, Pat Moran, quien falleció durante la campaña, siendo sustituido por Jack Hendricks, envió a otra de sus estrellas del montículo a lanzar el resto del partido y a Smith que se encontraba en la caja de los bateadores, le llamó poderosamente la atención su extraño acento al hablar con su compañero de batería. Intrigado le preguntó al serpentinero de modo casi irreverente:
- “Oye, ¿Qué clase de idioma hablas tú?.
- “Español”, le contestó el otro sin inmutarse.
- “¿Y como te llamas?”
- “Adolfo Luque”.
- “¿Adolfo Quéeee?”
- “Luque”, le contestó el gran lanzador cubano, que ya comenzaba a perder los estribos y todos ustedes saben las malas pulgas que caracterizaban al Havana Perfecto.
- “¿Y de donde eres?”
- “De Cuba”.
- “¿Y donde rayos queda eso?”
- “Al Sur de Brooklyn”, le contestó Luque que ya no podía contenerse.
En eso el árbitro amonestó a Smith por estar demorando el juego y conociendo a Luque, para prevenir males mayores.
Luque que estaba en buena forma por haber lanzado para el Club Habana durante el invierno, le gritó al engreído y bisoño jugador:
- “Ahora vas a saber donde es que queda Cuba”.
Y le tiró una verdadera “piedra” de Liga Mayor a la esquina de adentro, que Smith ni la vio pasar. Al siguiente lanzamiento le repitió la dosis pero a la esquina de afuera. Smith tampoco le tiró a la bola y se afincó fuertemente con sus spikes en la tierra esperando la siguiente bola de fuego, pero lo que recibió fue una tremenda curva que lo dejó petrificado en el plato como la sota de bastos.
Al ver que no se movía, el receptor para darle ánimo, le dijo: “No te aflijas muchacho, que ese señor ganó 27 juegos en esta liga el año pasado”.
La anécdota narrada pone de manifiesto el temperamento y la calidad que caracterizaron a Luque como lanzador en términos generales, agregando que ha sido completamente injusto el no haber sido considerado su ingreso a Cooperstown.
El hombre conocido como Papá Montero, fue el primer serpentinero cubano y latino que actuó en las Ligas Mayores con los Bravos de Boston en 1914. El primero en ganar un juego, ponchar a un bateador, propinar una lechada, terminar un encuentro, coronarse en campeón de los lanzadores en 1923 con los Rojos de Cincinnati, tanto en partidos ganados y perdidos con récord de 27-8 como en carreras limpias permitidas con 1.93. El único en obtener 27 victorias en una temporada. El número uno en participar en un desafío de Serie Mundial con los Rojos en 1919 y el primero en ganar un encuentro del Clásico Otoñal con los Gigantes de Nueva York en 1933.
Pero sobre todo, el primer cubano y latino en ser considerado una verdadera luminaria del béisbol en las Grandes Ligas.















